Era un día normal, común y corriente, con la misma monotonía de todos los días, aparentemente. Yo salía de mi casa un martes cualquiera, en mi automóvil que estaba en el parqueadero del sótano; cuando vi detrás de esa grande y oscura puerta una sombra; me asusté, el miedo invadía todo mi cuerpo y una horrible sensación de escalofrió subía por mis pies y todo sé veía oscuro.

Cundo voltee a mirar era una niña de unos 15 años muy hermosa, con la cara sucia pero angelical, con un cuerpo débil, unos ojos verdes pero apagados y una boca que sin moverla solamente pedía ayuda, recuerdo en este momento esa cara, se quedó grabada en mi memoria. Inmediatamente detuve el auto y me baje; ella se asustó e intentó correr, yo la alcancé; con un poco de pánico me pregunto ¿ qué quiere? Yo le respondí aceleradamente, que sólo quería hablar con ella.

Amigablemente la invité a seguir a mi casa, sin importarme lo que tenia que hacer, un sentimiento muy extraño me invadía, pensé que tal vez podía ser la reacción del susto anterior. Le ofrecí algo de comer, ella sin pensarlo dos veces aceptó; lo primero que cogí fue un pedazo de pizza de la noche anterior y un vaso con Coca-cola. Ella con cierto estilo devoro la comida como si no hubiera comido en muchos días y me preocupé; entonces le ofrecí más, ella sin dudarlo, aceptó.

Mientras iba hacia la cocina le pregunte: ¿cómo te llamas? Ella muy rápidamente por el afán de comer me respondió que se llamaba Adriana; inmediatamente recordé sorprendido que la hermana de mi madre, Claudia, tenía una hija llamada Adriana que había desaparecido en Medellín, atormentado por este pensamiento le pedí que me contara su pasado, ella comiendo ese último bocado de pizza me empezó así a contar su historia: “Cuando era más pequeña vivía felizmente con mi madre y mi padre en Medellín; un día delincuentes de las pandillas de las comunas
llegaron a mi casa y mataron a mi padre por una deuda de juego y mi madre trato de ayudarlo, uno de los delincuentes decidió llevarme como castigo a mi madre; me encerraron mucho tiempo con otra mujer que además me enseñó a prostituirme. Después de unos días de estar parada en una esquina apagada y llena de niñas prostitutas que eran obligadas por los delincuentes, logré escapar.

Caminé hasta el terminal de transporte y tomé un bus hasta Bogotá, creyendo que era la única forma de escapar de esto que me estaba pasando y que me atormentaba. Tuve que quedarme en una sucia calle del cartucho, vagué por mucho tiempo hasta que caí en la droga. Tratando de salir de ese problema, salí de ese lugar huyendo de todo lo que estaba pasando. Y fue así como anoche llegué a esta casa”.

Concentrado en ella, tratando de asimilar su historia, le pregunte ¿ recuerdas el nombre de tu madre? Agobiado en ese instante por una horrible ansiedad, ella respondió que su madre se llamaba Claudia; la duda se agrando aún más pues era mucha coincidencia Medellín, Claudia, Adriana, etc.

Me asusté, todo indicaba que había encontrado a mi prima. Ella continuó con su historia y dijo entre dientes “pensé en llegar a Bogotá pues aquí tenía un primo, pero no sabía nada más de él”. Aún más asustado, decidí contarle sobre lo que me estaba preocupando; y solo sentí la mirada asombrada de esos hermosos ojos verdes y su suave voz diciéndome “Primo”, con una tranquilidad inmensa y con el corazón en la mano, solamente la abracé.